la culebra del molino

 

    En el pequeño pueblo de Navas de Estena, en el corazón de los Montes de Toledo, vive Evaristo, el tío Zurdo, un viejo molinero que tiene su molino en el arroyo de Los Reales. Lo heredó de su madre y ya desde muy joven aprendió el oficio; de niño ya iba allí con sus padres, ayudaba en algunas tareas y a la edad de doce años manejaba el molino perfectamente. También fue agricultor, cabrero y carbonero, ocupaciones que compaginó con la de molinero. Como la mayoría de los niños de su época asistió poco a la escuela, fue a dar clases por las noches con el maestro del pueblo durante un tiempo y gracias a ello aprendió a leer y un poco de cálculo, lo justo. Conoce muy bien los montes del entorno de su localidad, pero no echa de menos la vida en la sierra; él se siente muy a gusto junto al arroyo.

   Ha salido pocas veces del pueblo y aunque tuvo alguna oportunidad para marcharse a trabajar fuera la desestimó. Prefirió quedarse en su tierra al lado de su gente, nunca se ha arrepentido de aquella decisión y está satisfecho con la vida que ha llevado.

     Ahora que ya es mayor su trabajo se centra en moler el grano que le traen sus vecinos, cuidar del huerto que tiene junto al molino, hacer leña y sacar a pastar un pequeño atajo de cabras. En otros tiempos se afanó mucho en sus ocupaciones, ahora como es lógico, se toma las cosas con bastante sosiego.

    De mañana sale del pueblo montado en su burro, sube por el camino de la Solana hasta llegar a su molino que está como a media legua de distancia y en ese trayecto se entretiene observando las plantas que hay por el campo: jaras, retamas, cantuesos, endrinos, espinos, encinas y quejigos. Conoce los pájaros por su canto y a las rapaces por su silueta al volar. Todo le atrae y aunque realiza a diario el mismo trayecto para él cada día es diferente y es una forma amena de iniciar la jornada. No se aburre nunca en el camino, al contrario, disfruta con esa forma de entrar en contacto con la naturaleza. A veces se baja del burro para contemplar más de cerca algo que le llama la atención, puede entretenerse observando a una abeja libar el néctar de las flores, seguir con su mirada el vuelo alegre y colorido de una oropéndola o pararse a escuchar el armonioso canto de un ruiseñor que se encuentra en los árboles del cercano arroyo.

    Lo primero que hace nada más llegar a su molino es encender el fuego de la chimenea y arrimar un puchero de barro en el que preparará un cocido para el medio día, después suelta las cabras y estas salen apresuradamente para ir a pastar por los alrededores, no se alejarán mucho si él no las acompaña. Si tiene grano que moler pone a punto el molino, carga la tolva y abre el paso del agua para que mueva el rodezno y se inicie la molienda. Si no hay trabajo va al huerto y como si de un rito se tratase con paso pausado mira lo que tiene sembrado. En el verano tiene prácticamente todo el terreno ocupado con todo tipo de hortalizas y en el otoño e invierno únicamente quedan algunos repollos, coliflores y nabos. Aunque el huerto no es muy grande produce más de lo que necesita su familia por lo que a veces regala algunas cosas a sus vecinas.

     No muy lejos del molino, en el monte, tiene unas cuantas colmenas de corcho las cuales visita con bastante frecuencia; quita las hierbas de su alrededor para que las abejas puedan iniciar o terminar su vuelo sin dificultad, mantiene embarradas las juntas de los corchos para aislarlas bien del exterior y cuando llega la época de castrar lo hace con mucho cuidado molestándolas lo menos posible. Siempre procura extraer la cantidad justa de sus panales, así al llegar el invierno no les faltará el alimento y cuando baja con la miel al pueblo le parece que lleva un tesoro. En el patio de su casa irá cortando en pequeños trozos los panales, los pondrá sobre un arnero para que escurran la miel en una cazuela y al final tapará todo con una gasa por si su aroma atrae a algunas abejas que quieran llevársela para su provecho.

    Ya desde de su juventud mostró respeto por la naturaleza, aprendió que sus recursos no son ilimitados y que hay que obtener de ella no más de lo necesario.

    Una tarde de otoño marcha con sus cabras por La Solana, junto al tronco de una jara ve una pequeña culebra enroscada sobre su propio cuerpo. No la presta mucha atención y sigue tras sus animales que se dirigen hacia una pequeña loma. Cuando lleva andado un pequeño trecho se para, se queda pensativo, vuelve sobre sus pasos hasta llegar donde se encuentra la culebra. Es de color marrón, tiene dos franjas negras a lo largo del dorso, su cabeza es pequeña y algo alargada. La observa detenidamente, termina por tocarla con su garrote y el animal apenas si se mueve, se agacha, la coge y la acaricia. La culebra no hace por escapar, le mira fijamente; se podría decir que quiere comunicarse con Evaristo y agradecerle el gesto. La mete en uno de los bolsillos de su chaqueta a la vez que echa a andar para seguir a las cabras que ahora encaminan sus pasos en dirección al molino. La intensidad de la luz ha disminuido, poco a poco el sol se ocultará tras la Sierra de Fuentefría por lo que desean ir a recogerse en su porche. Una vez que las ha encerrado va a la cocina, saca a la culebra de su bolsillo y la deposita en el suelo no muy lejos de la chimenea que aún tiene encendidos algunos rescoldos. Regresa a ordeñar unas cuantas cabras para bajar un poco de leche a su casa, apareja su burro, pasa de nuevo a la cocina, ve que la culebra no se ha movido de donde la puso, cierra la puerta del molino, se sube al burro y este sin mediar orden alguna inicia la marcha en dirección al pueblo.

     A la mañana siguiente al llegar al molino lo primero que hace es entrar en la cocina para ver dónde está la culebra, pero por más que busca no consigue encontrarla y se siente algo decepcionado. Sale, pone en marcha el molino porque tiene que moler un par de fanegas de cebada y una vez que todo está en orden no queda nada más que esperar a que termine la molienda. Llega hasta el poyete de la entrada y se sienta en él, el sol le da en la cara, le resulta agradable y apoyando su espalda en la pared entorna sus ojos. Permanece así durante un buen rato y al abrir los ojos tiene una grata sorpresa. La culebra está enroscada a su lado, también toma el sol.

Evaristo la observa bastante sorprendido y dice:

– ¡Hola amiga! ¿Qué tal has pasado la noche?

    La culebra le mira fijamente, parece como si con su mirada quisiera agradecerle el gesto de día anterior. Por el sonido que procede del molino Evaristo se da cuenta que el grano de la tolva se ha terminado y debe acudir a echar lo que falta por moler.

   Nada más incorporarse se da cuenta que la culebra se mueve y va tras sus pasos, al llegar a la sala del molino el animal se dirige hacia la cuadra, va hacia un rincón y se introduce en un agujero. El molinero se acerca, mira hacia su interior, pero no distingue nada. Con complacencia dice en voz alta:

– Ya veo que has encontrado buen acomodo.

   Han transcurrido unos meses y la culebra sigue acompañando a Evaristo, lo único es que de vez en cuando se marcha y está dos o tres días sin venir. Él piensa que lo hace para ir a buscar su sustento.

   Ya ha entrado el otoño, las horas de luz han disminuido y en el campo se perciben las primeras señales de los cambios que se avecinan. La culebra sale de su escondite cada vez más de tarde en tarde, su reloj biológico la empuja a no hacerlo con tanta frecuencia.

     Cuando el molinero entra en la cuadra mira hacia el agujero del rincón, aunque no la ve sabe que su amiga está allí adormilada y a salvo de los rigores del invierno. Tendrá que esperar la llegada de la próxima primavera para disfrutar de nuevo de su compañía.

     Al llegar una mañana del mes de abril se da cuenta que la culebra está sobre el poyete tomando el sol, se acerca y se sienta a su lado. Los dos se miran y él dice:

– ¡Vaya con la siestecita que te has echado! ¡Ya era hora de que salieses!

    Ha trascendido la noticia de que Evaristo tiene una culebra y son bastantes las personas que cuando suben hasta allí o le ven por el pueblo le preguntan por el asunto, pero él hace que no escucha, no dice nada.

    Un día llegan al molino cuatro chicos, él está limpiando un poco de grano junto a la puerta y después de saludarle a coro, el mayor de ellos le dice que les gustaría ver su culebra. Como siempre no contesta y sigue su faena. Los chicos no saben qué decirle y después de permanecer un rato parados dan la vuelta hacia el camino.

– ¡Bueno!. ¿No veníais a ver a mi amiga? Sentaos ahí junto al cauce y estaos calladitos.

    Entra al molino y después de unos minutos sale. Los chicos esperan verle con la culebra entre sus manos y como no es así ponen cara de decepción. Sin decir nada se sienta en el poyete y al poco quedan sorprendidos al contemplar como de forma lenta surge desde el interior el animal. Ahora las caras son de asombro, de sorpresa. Ni pestañean siguiendo las evoluciones de la culebra y alguno de ellos queda boquiabierto al ver como la culebra se dirige hacia donde está el tío Zurdo, sube a su lado y se hace una rosca. Él la hace una caricia y ella levanta parte de su cuerpo y le mira.

   De regreso al pueblo cuentan a otros chicos y en sus casas lo que han visto, nadie les presta atención pensando que lo han inventado puesto que el molinero nunca ha hablado de ella ni se la ha enseñada a nadie.

    Ha transcurrido un tiempo y las facultades de Evaristo ya no son las de antes. Su familia no quiere que suba al molino, pero se resiste a no hacerlo, para él es algo prioritario en su vida. Al final deciden dejar que haga lo que quiera porque se dan cuenta que así es feliz.

  Una mañana llega al molino, se siente fatigado y con bastante dificultad desciende del burro, va a sentarse en el poyete junto a la puerta y como siempre al poco acude su amiga para estar a su lado. Por unos instantes se miran, parece que sin hablar se entienden. Esta vez la culebra hace algo que hasta entonces no había hecho, sube sobre las piernas de Evaristo, le mira nuevamente y este le hace una leve caricia. Se ha quedado mirando hacia la sierra y ya no se mueve.

   La tarde está muy avanzada y al ver que aún no ha regresado, su mujer algo preocupada va a ver a uno de sus hijos para comentárselo. Sube en busca de él y al acercarse al molino le ve sentado totalmente inmóvil junto a la puerta e intuye lo que ha ocurrido. La culebra baja del poyete y desaparece en el interior del molino, el hijo no se han dado cuenta de ese detalle. Su padre tiene los ojos abiertos y la expresión de su cara es de tranquilidad, hasta se podría decir que de felicidad. El último molinero del pueblo se ha marchado, lo ha hecho en compañía de su amiga y llevando en su retina la imagen de los montes que tanto quería.

   El molino ya hace años que dejó de funcionar y está bastante arruinado. Una tarde un joven sube por el camino, lo hace pausadamente, de vez en cuando se detiene observando algo que le atrae, mira a lo lejos y se recrea en el paisaje. Cuando se va acercando evoca la escena que vivió cuando era niño y junto con otros tres chicos vieron al molinero con su culebra. Ahora se pregunta si no sería fruto de su imaginación infantil y aquello no fue real. Llega a los restos que quedan del molino, mira al poyete y cual no es su sorpresa al ver que la culebra está encima tomando el sol. Se acerca con sigilo, pero a pesar de eso la culebra le descubre y aún así no se mueve. Levanta la cabeza y le mira fijamente. Se sienta a su lado, apoya su espalda en los restos de muro y cierra los ojos. Al instante siente que está suspendido en el aire, que es capaz de desplazarse por encima de los montes, de los arroyos y de los valles. Tiene una visión de la naturaleza tal y como si fuese un águila, el espectáculo es maravilloso, sobrecogedor. Cuando abre los ojos no tiene noción del tiempo que ha transcurrido mientras ha estado allí sentado, pero se da cuenta que falta poco para que el sol se ponga tras la sierra. Extiende su brazo, hace una caricia a la culebra, ambos se miran, él se levanta para iniciar el regreso y ella lentamente se escabulle entre unas piedras.

    De camino al pueblo cae en la cuenta que realmente la naturaleza es como la ha visto cuando estaba allí sentado, pero que no es necesario cerrar los ojos para disfrutar de ella y valorarla, al contrario, hay que tenerlos muy abiertos y ávidos de todas aquellas sensaciones y sentimientos que nos hace llegar hasta con los detalles más sencillos que nos ofrece.

    Decide no contar la experiencia que ha tenido, quiere que su nueva amiga viva tranquila entre las ruinas del molino, sin que nadie la moleste.

¡Seguro que Evaristo, el tío Zurdo, se lo agradece!

 

                                            Navas de Estena, 20 Marzo del 2020

                                                      Javier  Tordesillas Ortega

 

NOTA: Este relato fue finalista en el I Certamen de Relatos Cortos de la Diputación Provincial de Toledo. 2021